En esa mañana la profesora tenía puesta una blusa blanca y una falda roja, ambas prendas hacían resaltar su figura bella y joven. Cada uno de los niños ponía atención a lo que su joven docente les indicaba.
El niño de los ojos grandes comenzó a gritar incoherencias y la forma de su voz era diabólica. Sus compañeros de clase algunos asustados, otros paralizados y otros llorando, seguían en el aula esperando alguna solución de la profesora. Los ojos de la profesora estaban llenos de lujuria y sus manos desabrochaban los botones de su blusa, cada una de sus prendas ya no cubrían su bella desnudez, y ella hacía una serie de caricias a la totalidad de su cuerpo. Los niños no entendían el actuar de la profesora, mientras su compañero seguía hablando y gritando de esa forma diabólica.
En ese clima de locura el actuar de los menores fue diferente, unos comenzaron a golpearse con sus compañeritos, otros acercándose a sus compañeras empezaban a besarlas y a acariciarlas y otros comenzaban a gritar o a escribir en las paredes incoherencias.
La calma se quería hacer presente cuando una sensación y una especia de música que solo pueden escuchar los puros de corazón, cubrió ese salón. La presencia de esos dos bellos seres, sus rostros perfectos como si la mano de todos los escultores habrían sido sus hacedores y esas enormes alas hacían referencia de su origen divino. El silencio se respiró con la presencia de esos dos seres, que pareciendo increíble y nunca antes visto, estos seres comenzaban a sonreír y a reír a carcajadas. Mientras esos corazones humanos sintieron lo que todo ser vivo tiene que sentir en algún día de sus vidas.
Los cuerpos fríos y sin vida fueron descubiertos por el director que tocaba el salón, por que el ruido había sido escuchado por él y encontró a todos muertos pero sin una razón aparente. La noticia al día siguiente fue conocida por toda la ciudad, de la extraña muerte de la joven profesora y sus niños.
Autor: el propio cuento
Autor asesinado y utilizado: derepente tú


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